Terminado el
rosario, una esclava entonó la primera estrofa de una de esas salves llenas de
la dolorosa melancolía y los desgarradores lamentos de algún corazón esclavo
que oró. La cuadrilla repetía en coro cada estrofa cantada, armonizándose las
graves voces de los varones con las puras y dulces de las mujeres y de los
niños. Estos son los versos que de aquel himno he conservado en la memoria:
En
oscuro calabozo
cuya
reja al sol ocultan
Negros
y altos murallones
Que
las prisiones circundan;
En
que sólo las cadenas
Que
arrastro, el silencio turban
De
esta soledad eterna
Donde
ni el viento se escucha...
Muero
sin ver tus montañas
¡Oh
patria!, donde mi cuna
Se
meció bajo los bosques
Que
no cubrirán mi tumba.
Mientras sonaba el canto, las luces del
féretro hacían brillar las lágrimas que rodaban por los rostros medio embozados
de las esclavas, y yo procuraba inútilmente ocultarles las mías.
La cuadrilla se retiró, y solamente
quedaron unas pocas mujeres que debían turnarse para orar toda la noche, y dos
hombres para que preparasen las andas en que la muerta debía ser conducida al
pueblo.
Estaba muy
avanzada la noche cuando logré que Juan Angel se durmiera rendido por su dolor.
Me retiré luego a mi cuarto; pero el rumor de las voces de las mujeres que
rezaban y el golpe de los machetes de los esclavos que preparaban la parihuela
de guaduas me despertaban cada vez que había conciliado el sueño.
A las cuatro,
Juan Angel dormía aún. Los ocho esclavos que conducían el cadáver, y yo, nos
pusimos en marcha. Había dado orden al mayordomo Higinio para que hiciera al
negrito esperarme en casa, por evitarle el lance terrible de despedirse de su
madre.
Ninguno de
los que acompañábamos a Feliciana pronunció una sola palabra durante el viaje.
Los campesinos que conduciendo víveres al mercado nos dieron alcance extrañaban
aquel silencio, por ser costumbre entre los aldeanos del país el entregarse a
una repugnante orgía en las noches que ellos llaman de velorio, noches en las
cuales los parientes y vecinos del que ha muerto se reúnen en la casa de los
dolientes, so pretexto de rezar por el difunto.
Una vez que
las oraciones y misas mortuorias se terminaron, nos dirigimos con el cadáver al
cementerio. Ya la fosa estaba acabada. Al pasar con él bajo la portada del
campo santo, Juan Angel, que había burlado la vigilancia de Higinio para correr
en busca de su madre, nos dio alcance.
Colocado el
ataúd en el borde de la huesa, se abrazó de él como para impedir que se lo
ocultasen. Fue necesario acercarme a él y decirle, mientras lo acariciaba
enjugándole las lágrimas:
—No es tu madre
esa que ves allí; ella está en el cielo y Dios no puede perdonarte esa
desesperación.
—¡Me dejó solo! ¡Me dejó solo! —repetía
el infeliz.
—No, no —le
respondí—: aquí estoy yo, que te he querido y te querré siempre mucho: te
quedan María, mi madre, Emma... y todas te servirán de madres.
El ataúd
estaba ya en el fondo de la fosa; uno de los esclavos le echó encima la primera
palada de tierra. Juan Angel, abalanzándose casi colérico hacia él, le cogió a
dos manos la pala, movimiento que nos llenó de penoso estupor a todos.
A las tres de
la tarde del mismo día, dejando una cruz sobre la tumba de Nay, nos dirigimos
su hijo y yo a la hacienda de la sierra30.
XLV
Pasados unos días, empezó a calmarse el pesar
que la muerte de Feliciana había causado en los ánimos de mi madre, Emma y
María, sin que por eso dejase de ser ella el tema frecuente de nuestras
conversaciones. Todos procurábamos aliviar a Juan Angel con nuestros cuidados
y afectos, siendo esto lo mejor que podíamos hacer por su madre. Mi padre le
hizo saber que era completamente libre, aunque la ley lo pusiese bajo su
cuidado por algunos años, y que en adelante debía considerarse solamente como
un criado de nuestra casa. El negrito, que ya tenía noticia de mi próximo
viaje, manifestó que lo único que deseaba era que le permitieran acompañarme, y
mi padre le dio alguna esperanza de complacerlo.
A pesar de lo sucedido la noche víspera
de mi marcha a Santa R... María continuaba siendo para conmigo solamente lo que
había sido hasta entonces: aquel casto misterio que había velado nuestro amor,
lo velaba aún. Apenas nos tomábamos la libertad de pasear algunas veces solos
en el jardín y en el huerto. Olvidados entonces de mi viaje, retozaba ella a mi
alrededor, recogiendo flores que ponía en su delantal para venir después a
mostrármelas, dejándome escoger las más bellas para mi cuarto, y disputándome
algunas que fingía querer reservar para el oratorio. Ayudábale yo a regar sus
eras predilectas, para lo cual se recogía las mangas dejando ver sus brazos,
sin advertir qué tan hermosos me parecían. Nos sentábamos a la orilla del
derrumbo, coronado de madreselvas, desde donde veíamos hervir y serpentear las
corrientes del río en el fondo profundo y montuoso de la vega. Afanábase otras
veces por hacerme distinguir sobre los lampos de oro que el Sol dejaba al
ocultarse, leones dormidos, caballos gigantes, ruinas de castillos de jaspe y
lapislázuli, y cuanto se complacía en forjar con entusiasmo infantil.
Pero si la
más leve circunstancia nos hacía pensar en el viaje temido, su brazo no se
desenlazaba del mío y deteniéndose en ciertos sitios, me buscaban sus miradas
húmedas, después de espiar en ellos algo invisible para mí.
Una tarde,
¡hermosa tarde que vivirá siempre en mi memoria!, la luz de los arreboles
moribundos del ocaso se confundía bajo un cielo color de lila con los rayos de
la luna naciente, blanqueados como los de una lámpara al cruzar un globo de
alabastro. Los vientos bajaban retozando de las montañas a las llanuras: las
aves buscaban presurosas sus nidos en los follajes de los sotos. Los bucles de
la cabellera de María, que recorría lentamente el jardín asida de mi brazo con
entrambas manos, me habían acariciado la frente más de una vez; ella había
intentado reclinar la sien sobre mi hombro; nada nos decíamos... De repente se
detuvo en el extremo de una calle de rosales; miró por algunos instantes hacia
la ventana de mi cuarto, y volvió a mí los ojos para decirme:
—Aquí fue;
así estaba yo vestida... ¿Lo recuerdas?
—¡Siempre,
María, siempre!... —le respondí cubriéndole las manos de besos.
—Mira:
aquella noche me desperté temblando, porque soñé que hacías eso que haces
ahora... ¿Ves este rosal recién sembrado? Si me olvidas, no florecerá; pero si
sigues siendo como eres, dará las más lindas rosas, y se las tengo prometidas a
la Virgen con tal que me haga conocer por él si eres bueno siempre.
Sonreí
enternecido por tanta inocencia.
—¿No crees
que será así? —me preguntó seria.
Creo que la
Virgen no necesitará de tantas rosas. Hizo que nos acercáramos a la ventana de
mi cuarto. Una vez allí, desenlazó su brazo del mío: se dirigió al arroyo,
distante unos pasos, anudándose en la cintura el pañolón; y trayendo agua en
el hueco de las manos juntas, se arrodilló a mis pies para dejarla caer a gotas
sobre una cebollita retoñada, diciéndome:
—Es una mata
de azucenas de la montaña.
—¿Y la has
sembrado ahí?
—Porque
aquí...
—Ya lo sé,
pero esperaba que lo hubieras olvidado.
—¿Olvidar?
¡Cómo es tan fácil olvidar! —me dijo sin levantarse ni mirarme.
Su cabellera
rodaba destrenzada hasta el suelo, y el viento hacía que algunos de sus bucles
tocaran las blancas mosquetas de un rosal inmediato.
—¿Pero no
sabes por qué encontraste aquí el ramillete de azucenas?
—¿Cómo no lo
he de saber? Porque ese día hubo quien supusiera que yo no quería volver a
poner flores en su mesa.
—Mírame,
María.
—¿Para qué?
—respondió sin levantar los ojos de la matita, que parecía examinar con suma
atención.
—Cada
azucena que nazca aquí será un castigo cruel por un solo momento de duda.
¿Sabía yo acaso si era digno?... Vamos a sembrar tus azucenas lejos de este
sitio.
Doblé una
rodilla al frente de ella.
—¡No, señor!
—me respondió alarmada y cubriendo la matita con entrambas manos.
Yo me volví a poner en pie; y cruzado
de brazos esperaba a que ella terminara lo que hacía o fingía hacer. Trató de
verme sin que yo lo notase, y rió al fin levantando el rostro lleno de
recompensas por un instante de supuesta severidad, diciéndome:
—Conque muy bravo, ¿no? Voy a contarle,
señor, para qué son todas las azucenas que dé la mata.
Al tratar de ponerse en pie, asida de
la mano que yo le ofrecí, volvió a caer arrodillada, porque la detenían algunos
cabellos enredados en las ramas del rosal: los separamos, y al sacudir ella la
cabeza para arreglar la cabellera, sus miradas tenían una fascinación casi
nueva. Apoyada en mi brazo, observó:
—Vámonos, que
va a oscurecer.
—¿Para qué son
las azucenas? —insistí al dirigirnos lentamente al corredor de la montaña.
—Ya sabes para
qué servirán las rosas de la mata nueva que te mostré, ¿no?
—Sí.
—Pues las
azucenas servirán para una cosa parecida.
—A ver.
—¿Te gustará
encontrar en cada carta mía que recibas, un pedacito de las azucenas que dé?
—¡Ah!, sí.
—Eso será como
decirte muchas cosas que algunas veces no deben escribirse y que otras me
costaría mucho trabajo expresar bien, porque no me has acabado de enseñar lo
necesario para que mis cartas vayan bien puestas... también es cierto...
—¿Qué es
cierto?
—Que ambos
tenemos la culpa.
Después de
haberse distraído en romper bajo sus pies, preciosamente calzados, las hojas
secas de los mandules y mameyes regadas por el viento en la callejuela que
seguíamos, dijo:
—No quiero ir mañana a la montaña.
—¿Pero no se sentirá Tránsito contigo?
Hace un mes que se casó y no le hemos hecho la primera visita. ¿Por qué no
deseas ir?
—Porque... por
nada. Le dirás que estamos atareadas con tu viaje... Cualquier cosa. Que venga
ella con Lucía el domingo.
—Está bien. Yo
volveré muy temprano.
—Sí: y no habrá
cacería.
—Pero esa
condición es nueva; y Carlos se reiría de saber que me la has impuesto.
—¿Y quién ha de
ir a decírselo a él?
—Tal vez yo
mismo.
—Y eso ¿para
qué?
—Para
consolarlo de aquel tiro que erró tan lastimosamente al venadito.
—De veras. A un
tigre hubiera sido otra cosa, porque claro está que debe dar miedo.
—Lo que no
sabes es que la escopeta de Carlos no tenía munición cuando disparó: Braulio se
la había sacado.
—Y ¿por qué
hizo Braulio eso?
—Por tomar
desquite. Carlos y el señor de M... se habían burlado en aquella mañana de la
flacura de los perros de José.
—Braulio hizo
mal; ¿verdad? Pero si no lo hubiera hecho así, no estaría vivo el venadito. Tú
no has visto lo alegre que se pone si yo me le acerco: hasta Mayo ha conseguido
que lo quiera, y muchas veces duermen juntos. ¡Es tan lindo! ¡Cómo lo habrá
llorado su madre!
—Suéltalo para
que se vaya, pues.
—¿Y ella lo
buscaría todavía por los montes?
—Tal vez no.
—¿Por qué?
—Porque Braulio
me asegura que la venada que mató poco después en la misma cañada de donde
salió el chiquito era la madre.
—¡Ay! ¡Qué
hombre!... No vuelvas a matar venadas.
Habíamos
llegado al corredor, y Juan, con los brazos abiertos, salió al encuentro de
María: ella lo levantó y desapareció con él después de haberle hecho reclinar
la cabeza soñolienta sobre uno de aquellos hombros de nácar sonrosado que ni su
pañolón ni su cabellera se atrevían en algunos momentos a ocultar.
XLVI
A
las doce del día siguiente bajé de la montaña. El Sol, desde el cenit, sin
nubes que lo estorbaran, lanzaba viva luz intentando abrasar todo lo que los
follajes de los árboles no defendían de sus rayos de fuego. Las arboledas
estaban silenciosas: la brisa no movía los ramajes ni aleteaba un ave en ellos;
las chicharras festejaban infatigables aquel día de estío con que se engalanaba
diciembre: las aguas cristalinas de las fuentes rodaban precipitadas al
atravesar las callejuelas para ir a secretearse bajo los tamarindos y hobos, y
esconderse después en los yerbabuenales frondosos: el valle y sus montañas
parecían iluminados por el resplandor de un espejo gigantesco.
Seguíanme Juan Angel y Mayo. Divisé a María, que llegaba al baño
acompañada de Juan y Estéfana. El perro corrió hacia ellos, y se puso a dar
vueltas alrededor del bello grupo, estornudando y dando aulliditos como solía
hacerlo para expresar contento. María me buscó con mirada anhelosa por todas
partes, y me divisó al fin a tiempo que yo saltaba el vallado del huerto.
Dirigíme hacia donde ella estaba. Sus cabellos, conservando las ondulaciones
que las trenzas les habían impreso, le caían en manojos desordenados sobre el
pañolón y parte de la falda blanca, que recogía con la mano izquierda, mientras
con la derecha se abanicaba con una rama de albahaca.
Estaba sentada bajo el ramaje del naranjo del baño, sobre una
alfombra que Estéfana acababa de extender, cuando me acerqué a saludarla.
—¡Qué sol!
—me dijo—; por no haber venido temprano...
—No fue
posible.
—Casi nunca
es posible. ¿Quieres bañarte y yo me esperaré?
—Oh, no.
—Si es porque falta en el baño algo, yo
puedo ponérselo ahora.
—¿Rosas?
—Sí; pero ya las tendrás cuando vengas.
Juan, que había estado haciendo
bambolear los racimos de naranjas que estaban a su alcance y casi sobre el
césped, se arrodilló delante de María para que ella le desabrochara la blusa.
Ese día llevaba yo una abundante
provisión de lirios, pues además de los que me habían guardado Tránsito y
Lucía, encontré muchos en el camino: escogí los más hermosos para entregárselos
a María, y recibiendo de Juan Angel todos los otros, los arrojé al baño. Ella
exclamó:
—¡Ay! ¡Qué
lástima! ¡Tan lindos!
—Las ondinas
—le dije— hacen lo mismo con ellos cuando se bañan en los remansos.
—¿Quiénes son
las ondinas?
—Unas mujeres
que quisieran parecerse a ti.
—¿A mí? ¿Dónde
las has visto?
—En el río las
veía.
María rio, y
cuando me alejaba, me dijo:
—No me demoraré
sino un ratito.
Media hora
después entró al salón donde la esperaba yo. Sus miradas tenían esa brillantez
y sus mejillas el suave rosa que tanto la embellecía al salir del baño.
Al verme, se
detuvo exclamando:
—¡Ah! ¿Por qué
aquí?
—Porque supuse
que entrarías.
—Y yo, que me
esperabas.
Sentóse en el
sofá que le indiqué, e interrumpió luego algo en que pensaba, para decirme:
—¿Por qué es,
ah?
—¿Qué cosa?
—Que sucede
esto siempre.
—No has dicho
qué.
—Que si imagino que vas a hacer algo,
lo haces.
—¿Y por qué me avisa también algo que
ya vienes, si has tardado? Eso no tiene explicación.
—Yo quería
saber, desde hace días, si sucediéndome esto ahora, cuando no estés aquí ya,
podrás adivinar lo que yo haga y saber yo si estás pensando...
—En ti, ¿no?
—Será. Vamos al
costurero de mamá, que por esperarte no he hecho nada hoy; y ella quiere que
esté a la tarde lo que estoy cosiendo.
—¿Allí
estaremos solos?
—¿Y qué nuevo
empeño es ese de que estemos siempre solos?
—Todo lo que me
estorba...
—¡Chit!...—dijo
poniéndose un dedo sobre los labios—. ¿Ya ves? Están en la repostería —añadió
sentándose—. ¿Conque son muy lindas esas mujeres? —preguntó sonriéndose y
arreglando la costura—. ¿Cómo se llaman?
—¡Ah!... son
muy lindas.
—¿Y viven en
los montes?
—En las orillas
del río.
—¿Al sol y al
agua? No deben ser muy blancas.
—En las sombras
de los grandes bosques.
—¿Y qué hacen
allí?
—No sé qué
hacen; lo que sí sé es que ya no las encuentro.
—¿Y cuánto hace
que te sucede esa desgracia? ¿Por qué no te esperarán? Siendo tan bonitas,
estarás apesadumbrado.
—Están... pero
tú no sabes qué es estar así.
—Pues me lo
explicarás tú. ¿Cómo están?... ¡No, señor! —agregó escondiendo en los pliegues
de la irlanda que tenía sobre la falda, la mano derecha que yo había intentado
tomarle.
—Está bien.
—Porque no puedo coser, y no dices cómo
están las... ¿Cómo se llaman?
—Voy a confesártelo.
—A ver, pues.
—Están celosas
de ti.
—¿Enojadas
conmigo?
—Sí.
—¡Conmigo!
—Antes sólo pensaba
yo en ellas, y después...
—¿Después?
—Las olvidé por
ti.
—Entonces me
voy a poner muy orgullosa.
Su mano derecha
estaba ya jugando sobre un brazo de la butaca, y era así como solía indicarme
que podía tomarla. Ella siguió diciendo:
—¿En Europa hay
ondinas?... Oigame, mi amigo, ¿en Europa hay?
—Sí.
—Entonces...
¡Quién sabe!
—Es seguro que
aquéllas se pintan las mejillas con zumos de flores rojas, y se ponen corsé y
botines.
María trataba
de coser, pero su mano derecha no estaba firme. Mientras desenredaba la hebra,
me observó:
—Yo conozco uno
que se desvive por ver pies lindamente calzados y... Las flores del baño se van
a ir por el desagüe.
—¿Eso quiere
decir que debo irme?
—Es que me da
lástima de que se pierdan.
—Algo más es.
—De veras: que me da como pena... y otra cosa
de que nos vean tantas veces solos... y Emma y mamá van a venir.
XLVII
Mi padre había resuelto ir a la ciudad antes
de mi partida, tanto porque los negocios lo exigían urgentemente, como para
tomarse tiempo allá para arreglar mi viaje.
El catorce de enero, víspera del día en
que debía dejarnos, a las siete de la noche y después de haber trabajado juntos
algunas horas, hice llevar a su cuarto una parte de mi equipaje que debía
seguir con el suyo. Mi madre acomodaba los baúles arrodillada sobre una
alfombra, y Emma y María le ayudaban. Ya no quedaban por acomodar sino vestidos
míos: María tomó algunas piezas de éstos que estaban en los asientos
inmediatos, y al reconocerlas preguntó:
—¿Esto también?
Mi madre se las
recibió sin responder, y se llevó algunas veces el pañuelo a los ojos mientras
las iba colocando.
Salí, y al
regresar con algunos papeles que debían ponerse en los baúles, encontré a María
recostada en la baranda del corredor.
—¿Qué es? —le
dije—. ¿Por qué lloras?
—Si no lloro...
—Recuerda lo
que me tienes prometido.
—Sí, ya sé:
tener valor para todo esto. Si fuera posible que me dieras parte del tuyo...
Pero yo no he prometido a mamá ni a ti no llorar. Si tu semblante no estuviese
diciendo más de lo que estas lágrimas dicen, yo las ocultaría... pero después,
¿quién las sabrá...?
Enjugué con mi
pañuelo las que le rodaban por las mejillas, diciéndole:
—Espérame, que
vuelvo.
—¿Aquí?
—Sí.
Estaba en el
mismo sitio. Me recliné a su lado en la baranda.
—Mira —me dijo
mostrándome el valle tenebroso—: mira cómo se han entristecido las noches;
cuando vuelvan las de agosto, ¿dónde estarás ya?
Después de unos
momentos de silencio, agregó:
—Si no hubieras
venido, si como papá pensó, no hubieses vuelto antes de seguir para Europa...
—¿Habría sido
mejor?
—¿Mejor?... ¿Mejor?... ¿Lo has creído
alguna vez?
—Bien sabes que no he podido creerlo.
—Yo sí, cuando papá dijo eso que le oí
de la enfermedad que tuve; ¿y tú nunca?
—Nunca.
—¿Y en aquellos diez días?
—Te amaba como
ahora: pero lo que el médico y mi padre...
—Sí; mamá me lo
ha dicho. ¿Cómo podré pagarte?
—Ya has hecho
lo que yo podía exigirte en recompensa.
—¿Algo que
valga tanto así?
—Amarme como te
amé entonces, como te amo hoy; amarme mucho.
—¡Ay!, sí. Pero
aunque sea una ingratitud, eso no ha sido por pagarte lo que hiciste.
Y apoyó por
unos instantes la frente sobre su mano enlazada con la mía.
—Antes
—continuó, levantando lentamente la cabeza— me habría muerto de vergüenza al
hablarte así... Tal vez no hago bien...
—¿Mal, María?
¿No eres, pues, casi mi esposa?
—Es que no
puedo acostumbrarme a esa idea; tanto tiempo me pareció un imposible...
—¿Pero hoy? ¿Aún hoy?
—No puedo imaginarme cómo serás tú y
cómo seré yo entonces...
—¿Qué buscas? —preguntóme sintiendo que
mis manos registraban las suyas.
—Esto —le respondí, sacándole del dedo
anular de la mano izquierda una sortija en la cual estaban grabadas las dos
iniciales de los nombres de sus padres.
—¿Para usarla tú? Como no usas
sortijas, no te la había ofrecido.
—Te la devolveré el día de nuestras
bodas: reemplázala mientras tanto con ésta; es la que mi madre me dio cuando me
fui para el colegio: por dentro del aro están tu nombre y el mío. A mí no me
viene; a ti sí, ¿no?
—Bueno, pero ésta no te la devolveré
nunca. Recuerdo que en los días de irte se te cayó en el arroyo del huerto: yo
me descalcé para buscártela y como me mojé mucho, mamá se enojó.
Algo oscuro como la cabellera de María
y veloz como el pensamiento cruzó por delante de nuestros ojos. María dio un
grito ahogado, y cubriéndose el rostro con las manos, exclamó horrorizada:
—¡El ave negra!
Temblorosa se asió de uno de mis
brazos. Un escalofrío de pavor me recorrió el cuerpo. El zumbido metálico de
las alas del ave ominosa no se oía ya. María estaba inmóvil. Mi madre, que salía
del escritorio con una luz, se acercó alarmada por el grito que acababa de
oírle a María: ésta estaba lívida.
—¿Qué es?
—preguntó mi madre.
—Esa ave que
vimos en el cuarto de Efraín.
La luz tembló
en la mano de mi madre, quien dijo:
—Pero niña,
¿cómo te asustas así?
—Usted no
sabe... Pero yo no tengo ya nada. Vámonos de aquí —añadió llamándome con la
mirada, ya más serena. La campanilla del comedor sonó y nos dirigíamos allá
cuando María se acercó a mi madre para decirle:
—No le vaya a
contar mi susto a papá, porque se reirá de mí.
XLVIII
A las siete de la mañana siguiente ya había
salido de casa el equipaje de mi padre, y él y yo tomábamos el café en traje de
camino. Debía acompañarlo hasta cerca de la hacienda de los señores de M..., de
los cuales iba a despedirme, lo mismo que de otros vecinos. La familia estaba
toda en el corredor cuando acercaron los caballos para que montáramos. Emma y
María salieron de mi cuarto en aquel momento, lo cual me llamó la atención. Mi
padre, después de besar en una de las mejillas a mi madre, les besó la frente a
María, a Emma y a cada uno de los niños hasta llegar a Juan, quien le recordó
el encargo que le había hecho de un galapaguito con pistoleras, para ensillar
un potro guaucho, que era su diversión en aquellos días.
Detúvose de
nuevo mi padre delante de María, antes de bajar la escalera, y le dijo en voz
baja, poniéndole una mano sobre la cabeza y tratando inútilmente de conseguir
que lo mirara.
—Es convenido
que estarás muy guapa y muy juiciosa; ¿no es verdad, mi señora?
María le
significó una respuesta afirmativa, y de sus ojos que velaba el pudor,
intentaron deslizarse lágrimas que ella enjugó precipitadamente.
Me despedí
hasta la tarde, y estando cerca de María mientras montaba mi padre, ella me
dijo de modo que ninguno otro la oyera:
—Ni un minuto
después de las cinco.
De la familia
de don Jerónimo, solamente Carlos estaba en la hacienda; me recibió lleno de
placer, y tratando de obtener de mí, desde el punto en que me abrazó, que
pasara todo el día con él.
Visitamos el
ingenio, costosamente montado, aunque con poco gusto y arte; recorrimos el
huerto, hermosa obra de los antepasados de la familia, y fuimos por último al
pesebre, adornado con media docena de valiosos caballos.
Fumábamos de
sobremesa, después del almuerzo, cuando Carlos me dijo:
—Por lo visto,
me será imposible verte antes de que nos digamos adiós, con tu cara alegre de
estudiante, con aquella que ponías para atormentarme al contarte algún capricho
desesperador de Matilde. Pero al cabo, si estás triste porque te vas, eso significa
que estarías contento si te quedaras... ¡Diablo de viaje!
—No seas
malagradecido —le respondí—; desde que yo regrese tendrás médico de balde.
—Cierto,
hombre. ¿Crees que no lo había previsto? Estudia mucho para volver pronto. Si
mientras tanto no me mata un tabardillo atrapado en estos llanos, es posible
que me encuentres hidrópico. Estoy aburriéndome atrozmente. Todo el mundo quiso
aquí que fuera a pasar la nochebuena en Buga; y para quedarme tuve que fingir
que me había dislocado un tobillo, a riesgo de que tal conducta me
despopularice entre la numerosa turba de mis primas. Al fin tendré que
pretextar algún negocio en Bogotá, aunque sea a traer soches y ruanas como
Emigdio... a traer cualquier cosa.
—¿Como una mujer? —le interrumpí.
—¡Toma! ¿Te
imaginas que no he pensado en eso? ¡Mil veces! Todas las noches hago cien
proyectos. Figúrate: tirado boca arriba en un catre desde las seis de la tarde,
aguardando a que vengan los negros a rezar, a que me llamen después a tomar
chocolate, y oyendo luego conchabar desenraíces, despajes y siembras de
caña... A la madrugada de todos los días, el primer olor de bagazal que me
llega a las narices deshace todos mis castillos.
—Pero leerás.
—¿Qué leo? ¿Con
quién hablo de lo que lea? ¿Con ese cotudo de mayordomo que bosteza desde las
cinco?
—Saco en limpio
que necesitas urgentemente casarte; que has vuelto a pensar en Matilde y que
proyectas traerla aquí.
—Al pie de la
letra; eso ha sucedido así. Después que me convencí de que había cometido un
dislate intentando casarme con tu prima (Dios y ella me lo perdonen), vino la
tentación que dices. Pero, ¿sabes lo que suele sucederme? Después de costarme
tanto trabajo como resolver uno de aquellos problemas de Barcho, imaginarme
bien que Matilde es ya mi mujer y que está en casa, suelto la carcajada al
suponerme qué sería de la infeliz.
—Pero, ¿por
qué?
—Hombre,
Matilde es de Bogotá como la pila de San Carlos, como la estatua de Bolívar,
como el portero Escamilla: tendría que echárseme a perder en la trasplanta. ¿Y
qué podría yo hacer para evitarlo?
—Pues hacerte amar de ella siempre;
proporcionarle todos los refinamientos y recreaciones posibles... en fin, tú
eres rico, y ella te sería un estímulo para el trabajo. Además, estas llanuras,
estos bosques, estos ríos, ¿son por ventura cosas que ella ha visto? ¿Son para
verse y no amarse?
—Ya me vienes
con poesías. ¿Y mi padre y sus campesinadas? ¿Y mis tías con sus humos y
gazmoñerías? ¿Y esta soledad? ¿Y el calor?... ¿Y el demonio?...
—Aguárdate —le
interrumpí riéndome—; no lo tomes tan a pechos.
—No hablemos
más de eso. Apúrate mucho para que vuelvas pronto a curarme. Cuando regreses,
te casarás con la señorita María, ¿no es así?
—Dios
mediante...
—¿Quieres que
yo sea tu padrino?
—De mil amores.
—Mil gracias.
Es, pues, cosa convenida.
—Haz que
traigan mi caballo —le dije después de un rato de silencio.
—¿Te vas ya?
—Lo siento;
pero en casa me esperan temprano: ya ves que está muy próximo el viaje... y
tengo que despedirme hoy de Emigdio y de mi compadre Custodio, que no están muy
cerca.
—¿Te vas el
treinta precisamente?
—Sí.
—Te quedan sólo
quince días; no debo detenerte. Al fin te has reído de algo, aunque haya sido
de mi tedio.
Ni Carlos ni yo
pudimos ocultar el pesar que nos causaba aquella despedida.
Vadeaba el Amaimito a tiempo que oí se
me llamaba, y divisé a mi compadre Custodio saliendo de un bosque inmediato.
Cabalgaba en un potrón melado, de rienda todavía, sobre una silla de gran
cabeza: llevaba camisa de listado azul, los calzones arremangados hasta la
rodilla y el capisayo atravesado a lo largo sobre los muslos. Seguíale, montado
en una yegua bebeca agobiada por los años y por cuatro racimos de plátanos, un
muchacho idiota, el mismo que desempeñaba en la chagra funciones combinadas de
porquero, pajarero y hortelano.
—Dios me lo guarde, compadrito —me dijo el viejo cuando estuvo
cerca—. Si no me empecino a gritarlo, se me escabulle.
—A su casa iba, compadre.
—No me lo diga. Y yo que por poco no salgo de estos montarrones,
dándome forma de topar esa maneta indina que ya se volvió a horrar: pero en el
trapiche me las ha de pagar todas juntas. Si no acierto a pasar por el llanito
de la puerta y a ver los gualas, hasta ahora estaría haraganeando en su busca.
Me fui de jilo, y dicho y hecho: medio comido ya el muleto, y tan bizarrote que
parecía de dos meses. Ni el cuero se pudo sacar, que con otro me había servido
para hacer unos zamarros, que los que tengo están de la vista de los perros.
—No se le dé nada, compadre, que muletos le han de sobrar y años
para verlos de recua. Vámonos, pues.
—Nada, señor —dijo mi compadre empezando a andar y precediéndome—;
si es cansera; el tiempo está de lo pésimo. Hágase cargo: la miel a real; la
rapadura, no se diga; la azucarita que sale blanca, a peso; los quesos, de
balde; y los puercos tragándose todo el maíz de la cosecha, y como si se botara
al río. Los balances de su comadre, aunque la pobre es un ringlete, no dan ni
para velas; no hay cochada de jabón que pague lo que se gasta; y esos garosos
de guardas, tras del sacatín que se las pelan... Qué le cuento: le compré al
amo don Jerónimo el rastrojo aquel del gaudualito; pero ¡qué hombre tan tirano!
¡Cuatrocientos patacones y diez ternerotes de aparta me sacó!
—¿Y de dónde salieron los cuatrocientos? ¿Del jabón?
—¡Ah! Usté para temático, compadre. Si rompimos hasta la alcancía
de Salomé para poder pagarle.
—¿Y Salomé sigue tan trabajadora como antes?
—Y si no, ¿dónde le diera el agua?
Labra tiras de lomillo que es lo que hay que ver, y ayuda en todo: al fin hija
de su mamá. Pero si le digo que esa muchacha me tiene zurumbático, no le
miento.
—¿Salomé?
Ella tan formalita, tan recatada...
—Ella,
compadre; así tan pacatica como la ve.
—¿Qué sucede?
—Usté es
caballero de veras y mi amigo, y se lo voy a contar, en vez de írselo a decir
al señor cura de la Parroquia, que yo creo que de puro santo no tiene ni
malicia y se le pasea el alma por el cuerpo. Pero aguárdese y paso yo primero
este zanjón, porque para no embarrarse en él, se necesita baquía.
Y volviéndose
al bobo, que venía durmiéndose entre los plátanos:
—Ve el
camino, tembo, porque si se atolla la yegua, con gusto pierdo los guangos por
dejarte ahí.
El cotudo rió
estúpidamente y dio por respuesta algunos rezongones inarticulados. Mi
compadre continuó:
—¿Usté si
conoce a Tiburcio, el mulatico que crió el difunto Murcia?
—¿No es el
que se quería casar con Salomé?
—Allá
llegaremos.
—No sé quién
lo crió. Pero vaya si lo conozco: lo he visto en casa de usted y en la de José,
y aun hemos cazado algunas veces juntos: es un guapo mozo.
—Ahí donde lo
ve, no le faltan ocho buenas vacas, su punta de puercos, su estancita y dos
buenas yeguas de silla. Porque ñor Murcia, aunque vivía renegando que daba
miedo, era un buen hombre, y le dejó todo eso al muchacho. El es hijo de una
mulata que le costó al viejo una rebotación de tiricia que por poco se lo
lleva, pues a los cuatro meses de haber comprao la zamba en Quilichao, se le
murió; y yo supe el cuento, porque entonces me gustaba jornalear algunas veces
en la chagra de ñor Murcia.
—¿Y qué hay
de Tiburcio?
—Allá voy. Pues señor, va para ocho
meses que empecé a notar que al muchacho no le faltaban historias para venir a
vernos; pero pronto le cogí la mácula, y conocí que lo que buscaba era ocasión
de ver a Salomé. Un día se lo dije por lo claro a Candelaria, y ella me salió
con la repostada de que tal vez me había caído nube en los ojos y que el
cuento era rancio. Me puse en atisba un sábado en la tardecita, porque Tiburcio
no faltaba los sábados a esa hora, y cate usté que vi a la muchacha salirle al
encuentro apenas lo sintió, y no me quedó pizca de duda... Eso sí, nada vi que
no fuera legítimo. Pasaron días, y Tiburcio no abría la boca para hablar de
casamiento; pero yo pensaba: cateando que estará a Salomé, y bien guanábano
será si no se casa con ella, pues no es ninguna mechosa, y tan mujer de su
casa no hay riesgo de que la halle. Cuando de golpe dejó de venir Tiburcio, sin
que Candelaria pudiera sacarle a la muchacha el motivo; y como a mí me tiene
Salomé el respeto que debe, menos pude averiguarle; y desde antes de nochebuena
Tiburcio no se asoma allá. ¿Si será usté amigo del niño Justiniano, hermano de
don Carlitos?
—No lo veo
desde que éramos chicos.
—Pues quítele
las patillas que ha echado don Carlos, y ahí lo tiene individual. Pero ojalá
fuera como el hermano; es el mismo patas; pero bonito mozo, para qué es
negarlo. Yo no sé ónde vio él a Salomé: tal vez sería agora que estuve empeñao
sobre hacer el cambalache con su padre, porque el niño ese vino a herrar los terneros,
y desde el mesmo día no me deja comer un plátano a gusto.
—Eso no está
bueno.
—Yo, que se
lo cuento con riesgo de que su comadre, si lo sabe, me diga un día, que esté
lunática, que soy un garlero, sé lo que hago. Pero no hay mal que no tenga su
cura: he estado dando y cavando hasta dar en el toque.
—A ver,
compadre; pero dígame antes (y dispense si hay indiscreción en preguntárselo),
¿qué cara le hace Salomé a Justiniano?
—Déjeme, señor; si eso es lo que me
tiene día y noche como si durmiera yo sobre pringamoza... Compadre, la muchacha
está picada... Por no matarla... Y la pela que le doy si se me mete el
mandinga... Lo quiere, niño; por eso le cuento a usté todo para que me saque
con bien.
—¿Y en qué ha conocido usted que está
enamorada Salomé?
—¡Válgame!
No habré visto yo cómo le bailan los ojos cuando ve al blanquito y que toda
ella se pone como azogada, si le pasa agua o candela, porque parece que él vive
con sequía, y que fumar es lo único que tiene que hacer; pues por candela y
agua arrima a casa arreo arreo; y no hace falta los domingos en la tarde en
casa de la vieja Dominga ¿no la conoce?
—No.
—Pues estoy
por decirle que es de las que usan polvos; y ya no hay quién le quite de la
cabeza a Candelaria que esa murciélaga fue la que le ojeó el mico aquel tan
sabido y que tanto lo divertía a usté; porque el animalito boqueó sobándose la
barriga y dando quejidos como un cristiano.
—Algún
alacrán que se habrá comido, compadre.
—¡Deónde! Si trabajo
costaba para que probara comida fría: convénzase que la bruja le hizo
maleficio; pero no era allá donde yo iba. Enanticos que fui a buscar la yegua
me encontré a la vieja en el guayabal, que iba para casa, y como ando orejero,
todo fue verla y me le aboqué por delante para decirle: “Vea, ña Dominga, devuélvase,
porque allá tienen las gentes oficio en lugar de estar en conversas. Van dos
viajes con éste que le he dicho que me choca verla en casa”. Toda ella se puso
a temblar, y yo que la
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