miércoles, 6 de noviembre de 2013

La Maria de Jorge Isaacs XI



Terminado el rosario, una esclava entonó la primera estrofa de una de esas salves llenas de la dolorosa melancolía y los desga­rradores lamentos de algún corazón esclavo que oró. La cuadrilla repetía en coro cada estrofa cantada, armonizándose las graves voces de los varones con las puras y dulces de las mujeres y de los niños. Estos son los versos que de aquel himno he conservado en la memoria:
En oscuro calabozo
cuya reja al sol ocultan
Negros y altos murallones
Que las prisiones circundan;
En que sólo las cadenas
Que arrastro, el silencio turban
De esta soledad eterna
Donde ni el viento se escucha...
Muero sin ver tus montañas
¡Oh patria!, donde mi cuna
Se meció bajo los bosques
Que no cubrirán mi tumba.
Mientras sonaba el canto, las luces del féretro hacían brillar las lágrimas que rodaban por los rostros medio embozados de las esclavas, y yo procuraba inútilmente ocultarles las mías.
La cuadrilla se retiró, y solamente quedaron unas pocas mujeres que debían turnarse para orar toda la noche, y dos hombres para que preparasen las andas en que la muerta debía ser conducida al pueblo.
Estaba muy avanzada la noche cuando logré que Juan Angel se durmiera rendido por su dolor. Me retiré luego a mi cuarto; pero el rumor de las voces de las mujeres que rezaban y el golpe de los machetes de los esclavos que preparaban la parihuela de guaduas me despertaban cada vez que había conciliado el sueño.
A las cuatro, Juan Angel dormía aún. Los ocho esclavos que conducían el cadáver, y yo, nos pusimos en marcha. Había dado orden al mayordomo Higinio para que hiciera al negrito esperarme en casa, por evitarle el lance terrible de despedirse de su madre.
Ninguno de los que acompañábamos a Feliciana pronunció una sola palabra durante el viaje. Los campesinos que conduciendo víveres al mercado nos dieron alcance extrañaban aquel silencio, por ser costumbre entre los aldeanos del país el entregarse a una repug­nante orgía en las noches que ellos llaman de velorio, noches en las cuales los parientes y vecinos del que ha muerto se reúnen en la casa de los dolientes, so pretexto de rezar por el difunto.
Una vez que las oraciones y misas mortuorias se terminaron, nos dirigimos con el cadáver al cementerio. Ya la fosa estaba acaba­da. Al pasar con él bajo la portada del campo santo, Juan Angel, que había burlado la vigilancia de Higinio para correr en busca de su madre, nos dio alcance.
Colocado el ataúd en el borde de la huesa, se abrazó de él como para impedir que se lo ocultasen. Fue necesario acercarme a él y decirle, mientras lo acariciaba enjugándole las lágrimas:
—No es tu madre esa que ves allí; ella está en el cielo y Dios no puede perdonarte esa desesperación.
—¡Me dejó solo! ¡Me dejó solo! —repetía el infeliz.
—No, no —le respondí—: aquí estoy yo, que te he querido y te querré siempre mucho: te quedan María, mi madre, Emma... y todas te servirán de madres.
El ataúd estaba ya en el fondo de la fosa; uno de los esclavos le echó encima la primera palada de tierra. Juan Angel, abalan­zándose casi colérico hacia él, le cogió a dos manos la pala, movimiento que nos llenó de penoso estupor a todos.
A las tres de la tarde del mismo día, dejando una cruz sobre la tumba de Nay, nos dirigimos su hijo y yo a la hacienda de la sierra30.
XLV
Pasados unos días, empezó a calmarse el pesar que la muerte de Feliciana había causado en los ánimos de mi madre, Emma y María, sin que por eso dejase de ser ella el tema frecuente de nuestras conversaciones. Todos procurábamos aliviar a Juan Angel con nues­tros cuidados y afectos, siendo esto lo mejor que podíamos hacer por su madre. Mi padre le hizo saber que era completamente libre, aunque la ley lo pusiese bajo su cuidado por algunos años, y que en adelante debía considerarse solamente como un criado de nuestra casa. El negrito, que ya tenía noticia de mi próximo viaje, manifestó que lo único que deseaba era que le permitieran acompañarme, y mi padre le dio alguna esperanza de complacerlo.
A pesar de lo sucedido la noche víspera de mi marcha a Santa R... María continuaba siendo para conmigo solamente lo que había sido hasta entonces: aquel casto misterio que había velado nues­tro amor, lo velaba aún. Apenas nos tomábamos la libertad de pasear algunas veces solos en el jardín y en el huerto. Olvidados entonces de mi viaje, retozaba ella a mi alrededor, recogiendo flores que ponía en su delantal para venir después a mostrárme­las, dejándome escoger las más bellas para mi cuarto, y dispután­dome algunas que fingía querer reservar para el oratorio. Ayudábale yo a regar sus eras predilectas, para lo cual se recogía las mangas dejando ver sus brazos, sin advertir qué tan hermosos me pare­cían. Nos sentábamos a la orilla del derrumbo, coronado de madre­selvas, desde donde veíamos hervir y serpentear las corrientes del río en el fondo profundo y montuoso de la vega. Afanábase otras veces por hacerme distinguir sobre los lampos de oro que el Sol dejaba al ocultarse, leones dormidos, caballos gigantes, ruinas de castillos de jaspe y lapislázuli, y cuanto se complacía en forjar con entusiasmo infantil.
Pero si la más leve circunstancia nos hacía pensar en el viaje temido, su brazo no se desenlazaba del mío y deteniéndose en ciertos sitios, me buscaban sus miradas húmedas, después de espiar en ellos algo invisible para mí.
Una tarde, ¡hermosa tarde que vivirá siempre en mi memoria!, la luz de los arreboles moribundos del ocaso se confundía bajo un cielo color de lila con los rayos de la luna naciente, blanquea­dos como los de una lámpara al cruzar un globo de alabastro. Los vientos bajaban retozando de las montañas a las llanuras: las aves buscaban presurosas sus nidos en los follajes de los sotos. Los bucles de la cabellera de María, que recorría lentamente el jardín asida de mi brazo con entrambas manos, me habían acaricia­do la frente más de una vez; ella había intentado reclinar la sien sobre mi hombro; nada nos decíamos... De repente se detuvo en el extremo de una calle de rosales; miró por algunos instantes hacia la ventana de mi cuarto, y volvió a mí los ojos para decir­me:
—Aquí fue; así estaba yo vestida... ¿Lo recuerdas?
—¡Siempre, María, siempre!... —le respondí cubriéndole las manos de besos.
—Mira: aquella noche me desperté temblando, porque soñé que hacías eso que haces ahora... ¿Ves este rosal recién sembrado? Si me olvidas, no florecerá; pero si sigues siendo como eres, dará las más lindas rosas, y se las tengo prometidas a la Virgen con tal que me haga conocer por él si eres bueno siempre.
Sonreí enternecido por tanta inocencia.
—¿No crees que será así? —me preguntó seria.
Creo que la Virgen no necesitará de tantas rosas. Hizo que nos acercáramos a la ventana de mi cuarto. Una vez allí, desenlazó su brazo del mío: se dirigió al arroyo, distante unos pasos, anudán­dose en la cintura el pañolón; y trayendo agua en el hueco de las manos juntas, se arrodilló a mis pies para dejarla caer a gotas sobre una cebollita retoñada, diciéndome:
—Es una mata de azucenas de la montaña.
—¿Y la has sembrado ahí?
—Porque aquí...
—Ya lo sé, pero esperaba que lo hubieras olvidado.
—¿Olvidar? ¡Cómo es tan fácil olvidar! —me dijo sin levantarse ni mirarme.
Su cabellera rodaba destrenzada hasta el suelo, y el viento hacía que algunos de sus bucles tocaran las blancas mosquetas de un rosal inmediato.
—¿Pero no sabes por qué encontraste aquí el ramillete de azuce­nas?
—¿Cómo no lo he de saber? Porque ese día hubo quien supusiera que yo no quería volver a poner flores en su mesa.
—Mírame, María.
—¿Para qué? —respondió sin levantar los ojos de la matita, que parecía examinar con suma atención.
—Cada azucena que nazca aquí será un castigo cruel por un solo momento de duda. ¿Sabía yo acaso si era digno?... Vamos a sembrar tus azucenas lejos de este sitio.
Doblé una rodilla al frente de ella.
—¡No, señor! —me respondió alarmada y cubriendo la matita con entrambas manos.
Yo me volví a poner en pie; y cruzado de brazos esperaba a que ella terminara lo que hacía o fingía hacer. Trató de verme sin que yo lo notase, y rió al fin levantando el rostro lleno de recompensas por un instante de supuesta severidad, diciéndome:
—Conque muy bravo, ¿no? Voy a contarle, señor, para qué son todas las azucenas que dé la mata.
Al tratar de ponerse en pie, asida de la mano que yo le ofrecí, volvió a caer arrodillada, porque la detenían algunos cabellos enredados en las ramas del rosal: los separamos, y al sacudir ella la cabeza para arreglar la cabellera, sus miradas tenían una fascinación casi nueva. Apoyada en mi brazo, observó:
—Vámonos, que va a oscurecer.
—¿Para qué son las azucenas? —insistí al dirigirnos lentamente al corredor de la montaña.
—Ya sabes para qué servirán las rosas de la mata nueva que te mostré, ¿no?
—Sí.
—Pues las azucenas servirán para una cosa parecida.
—A ver.
—¿Te gustará encontrar en cada carta mía que recibas, un peda­cito de las azucenas que dé?
—¡Ah!, sí.
—Eso será como decirte muchas cosas que algunas veces no deben escribirse y que otras me costaría mucho trabajo expresar bien, porque no me has acabado de enseñar lo necesario para que mis cartas vayan bien puestas... también es cierto...
—¿Qué es cierto?
—Que ambos tenemos la culpa.
Después de haberse distraído en romper bajo sus pies, preciosa­mente calzados, las hojas secas de los mandules y mameyes regadas por el viento en la callejuela que seguíamos, dijo:
—No quiero ir mañana a la montaña.
—¿Pero no se sentirá Tránsito contigo? Hace un mes que se casó y no le hemos hecho la primera visita. ¿Por qué no deseas ir?
—Porque... por nada. Le dirás que estamos atareadas con tu viaje... Cualquier cosa. Que venga ella con Lucía el domingo.
—Está bien. Yo volveré muy temprano.
—Sí: y no habrá cacería.
—Pero esa condición es nueva; y Carlos se reiría de saber que me la has impuesto.
—¿Y quién ha de ir a decírselo a él?
—Tal vez yo mismo.
—Y eso ¿para qué?
—Para consolarlo de aquel tiro que erró tan lastimosamente al venadito.
—De veras. A un tigre hubiera sido otra cosa, porque claro está que debe dar miedo.
—Lo que no sabes es que la escopeta de Carlos no tenía munición cuando disparó: Braulio se la había sacado.
—Y ¿por qué hizo Braulio eso?
—Por tomar desquite. Carlos y el señor de M... se habían burla­do en aquella mañana de la flacura de los perros de José.
—Braulio hizo mal; ¿verdad? Pero si no lo hubiera hecho así, no estaría vivo el venadito. Tú no has visto lo alegre que se pone si yo me le acerco: hasta Mayo ha conseguido que lo quiera, y muchas veces duermen juntos. ¡Es tan lindo! ¡Cómo lo habrá llora­do su madre!
—Suéltalo para que se vaya, pues.
—¿Y ella lo buscaría todavía por los montes?
—Tal vez no.
—¿Por qué?
—Porque Braulio me asegura que la venada que mató poco después en la misma cañada de donde salió el chiquito era la madre.
—¡Ay! ¡Qué hombre!... No vuelvas a matar venadas.
Habíamos llegado al corredor, y Juan, con los brazos abiertos, salió al encuentro de María: ella lo levantó y desapareció con él después de haberle hecho reclinar la cabeza soñolienta sobre uno de aquellos hombros de nácar sonrosado que ni su pañolón ni su cabellera se atrevían en algunos momentos a ocultar.
XLVI
A las doce del día siguiente bajé de la montaña. El Sol, desde el cenit, sin nubes que lo estorbaran, lanzaba viva luz intentando abrasar todo lo que los follajes de los árboles no defendían de sus rayos de fuego. Las arboledas estaban silenciosas: la brisa no movía los ramajes ni aleteaba un ave en ellos; las chicharras festejaban infatigables aquel día de estío con que se engalanaba diciembre: las aguas cristalinas de las fuentes rodaban precipi­tadas al atravesar las callejuelas para ir a secretearse bajo los tamarindos y hobos, y esconderse después en los yerbabuenales frondosos: el valle y sus montañas parecían iluminados por el resplandor de un espejo gigantesco.
Seguíanme Juan Angel y Mayo. Divisé a María, que llegaba al baño acompañada de Juan y Estéfana. El perro corrió hacia ellos, y se puso a dar vueltas alrededor del bello grupo, estornudando y dando aulliditos como solía hacerlo para expresar contento. María me buscó con mirada anhelosa por todas partes, y me divisó al fin a tiempo que yo saltaba el vallado del huerto. Dirigíme hacia donde ella estaba. Sus cabellos, conservando las ondulaciones que las trenzas les habían impreso, le caían en manojos desordenados sobre el pañolón y parte de la falda blanca, que recogía con la mano izquierda, mientras con la derecha se abanicaba con una rama de albahaca.
Estaba sentada bajo el ramaje del naranjo del baño, sobre una alfombra que Estéfana acababa de extender, cuando me acerqué a saludarla.
—¡Qué sol! —me dijo—; por no haber venido temprano...
—No fue posible.
—Casi nunca es posible. ¿Quieres bañarte y yo me esperaré?
—Oh, no.
—Si es porque falta en el baño algo, yo puedo ponérselo ahora.
—¿Rosas?
—Sí; pero ya las tendrás cuando vengas.
Juan, que había estado haciendo bambolear los racimos de naran­jas que estaban a su alcance y casi sobre el césped, se arrodilló delante de María para que ella le desabrochara la blusa.
Ese día llevaba yo una abundante provisión de lirios, pues además de los que me habían guardado Tránsito y Lucía, encontré muchos en el camino: escogí los más hermosos para entregárselos a María, y recibiendo de Juan Angel todos los otros, los arrojé al baño. Ella exclamó:
—¡Ay! ¡Qué lástima! ¡Tan lindos!
—Las ondinas —le dije— hacen lo mismo con ellos cuando se bañan en los remansos.
—¿Quiénes son las ondinas?
—Unas mujeres que quisieran parecerse a ti.
—¿A mí? ¿Dónde las has visto?
—En el río las veía.
María rio, y cuando me alejaba, me dijo:
—No me demoraré sino un ratito.
Media hora después entró al salón donde la esperaba yo. Sus miradas tenían esa brillantez y sus mejillas el suave rosa que tanto la embellecía al salir del baño.
Al verme, se detuvo exclamando:
—¡Ah! ¿Por qué aquí?
—Porque supuse que entrarías.
—Y yo, que me esperabas.
Sentóse en el sofá que le indiqué, e interrumpió luego algo en que pensaba, para decirme:
—¿Por qué es, ah?
—¿Qué cosa?
—Que sucede esto siempre.
—No has dicho qué.
—Que si imagino que vas a hacer algo, lo haces.
—¿Y por qué me avisa también algo que ya vienes, si has tarda­do? Eso no tiene explicación.
—Yo quería saber, desde hace días, si sucediéndome esto ahora, cuando no estés aquí ya, podrás adivinar lo que yo haga y saber yo si estás pensando...
—En ti, ¿no?
—Será. Vamos al costurero de mamá, que por esperarte no he hecho nada hoy; y ella quiere que esté a la tarde lo que estoy cosiendo.
—¿Allí estaremos solos?
—¿Y qué nuevo empeño es ese de que estemos siempre solos?
—Todo lo que me estorba...
—¡Chit!...—dijo poniéndose un dedo sobre los labios—. ¿Ya ves? Están en la repostería —añadió sentándose—. ¿Conque son muy lindas esas mujeres? —preguntó sonriéndose y arreglando la costura—. ¿Cómo se llaman?
—¡Ah!... son muy lindas.
—¿Y viven en los montes?
—En las orillas del río.
—¿Al sol y al agua? No deben ser muy blancas.
—En las sombras de los grandes bosques.
—¿Y qué hacen allí?
—No sé qué hacen; lo que sí sé es que ya no las encuentro.
—¿Y cuánto hace que te sucede esa desgracia? ¿Por qué no te esperarán? Siendo tan bonitas, estarás apesadumbrado.
—Están... pero tú no sabes qué es estar así.
—Pues me lo explicarás tú. ¿Cómo están?... ¡No, señor! —agregó escondiendo en los pliegues de la irlanda que tenía sobre la falda, la mano derecha que yo había intentado tomarle.
—Está bien.
—Porque no puedo coser, y no dices cómo están las... ¿Cómo se llaman?
—Voy a confesártelo.
—A ver, pues.
—Están celosas de ti.
—¿Enojadas conmigo?
—Sí.
—¡Conmigo!
—Antes sólo pensaba yo en ellas, y después...
—¿Después?
—Las olvidé por ti.
—Entonces me voy a poner muy orgullosa.
Su mano derecha estaba ya jugando sobre un brazo de la butaca, y era así como solía indicarme que podía tomarla. Ella siguió diciendo:
—¿En Europa hay ondinas?... Oigame, mi amigo, ¿en Europa hay?
—Sí.
—Entonces... ¡Quién sabe!
—Es seguro que aquéllas se pintan las mejillas con zumos de flores rojas, y se ponen corsé y botines.
María trataba de coser, pero su mano derecha no estaba firme. Mientras desenredaba la hebra, me observó:
—Yo conozco uno que se desvive por ver pies lindamente calzados y... Las flores del baño se van a ir por el desagüe.
—¿Eso quiere decir que debo irme?
—Es que me da lástima de que se pierdan.
—Algo más es.
—De veras: que me da como pena... y otra cosa de que nos vean tantas veces solos... y Emma y mamá van a venir.



XLVII
Mi padre había resuelto ir a la ciudad antes de mi partida, tanto porque los negocios lo exigían urgentemente, como para tomarse tiempo allá para arreglar mi viaje.
El catorce de enero, víspera del día en que debía dejarnos, a las siete de la noche y después de haber trabajado juntos algunas horas, hice llevar a su cuarto una parte de mi equipaje que debía seguir con el suyo. Mi madre acomodaba los baúles arrodillada sobre una alfombra, y Emma y María le ayudaban. Ya no quedaban por acomodar sino vestidos míos: María tomó algunas piezas de éstos que estaban en los asientos inmediatos, y al reconocerlas preguntó:
—¿Esto también?
Mi madre se las recibió sin responder, y se llevó algunas veces el pañuelo a los ojos mientras las iba colocando.
Salí, y al regresar con algunos papeles que debían ponerse en los baúles, encontré a María recostada en la baranda del corre­dor.
—¿Qué es? —le dije—. ¿Por qué lloras?
—Si no lloro...
—Recuerda lo que me tienes prometido.
—Sí, ya sé: tener valor para todo esto. Si fuera posible que me dieras parte del tuyo... Pero yo no he prometido a mamá ni a ti no llorar. Si tu semblante no estuviese diciendo más de lo que estas lágrimas dicen, yo las ocultaría... pero después, ¿quién las sabrá...?
Enjugué con mi pañuelo las que le rodaban por las mejillas, diciéndole:
—Espérame, que vuelvo.
—¿Aquí?
—Sí.
Estaba en el mismo sitio. Me recliné a su lado en la baranda.
—Mira —me dijo mostrándome el valle tenebroso—: mira cómo se han entristecido las noches; cuando vuelvan las de agosto, ¿dónde estarás ya?
Después de unos momentos de silencio, agregó:
—Si no hubieras venido, si como papá pensó, no hubieses vuelto antes de seguir para Europa...
—¿Habría sido mejor?
—¿Mejor?... ¿Mejor?... ¿Lo has creído alguna vez?
—Bien sabes que no he podido creerlo.
—Yo sí, cuando papá dijo eso que le oí de la enfermedad que tuve; ¿y tú nunca?
—Nunca.
—¿Y en aquellos diez días?
—Te amaba como ahora: pero lo que el médico y mi padre...
—Sí; mamá me lo ha dicho. ¿Cómo podré pagarte?
—Ya has hecho lo que yo podía exigirte en recompensa.
—¿Algo que valga tanto así?
—Amarme como te amé entonces, como te amo hoy; amarme mucho.
—¡Ay!, sí. Pero aunque sea una ingratitud, eso no ha sido por pagarte lo que hiciste.
Y apoyó por unos instantes la frente sobre su mano enlazada con la mía.
—Antes —continuó, levantando lentamente la cabeza— me habría muerto de vergüenza al hablarte así... Tal vez no hago bien...
—¿Mal, María? ¿No eres, pues, casi mi esposa?
—Es que no puedo acostumbrarme a esa idea; tanto tiempo me pareció un imposible...
—¿Pero hoy? ¿Aún hoy?
—No puedo imaginarme cómo serás tú y cómo seré yo entonces...
—¿Qué buscas? —preguntóme sintiendo que mis manos registraban las suyas.
—Esto —le respondí, sacándole del dedo anular de la mano iz­quierda una sortija en la cual estaban grabadas las dos iniciales de los nombres de sus padres.
—¿Para usarla tú? Como no usas sortijas, no te la había ofreci­do.
—Te la devolveré el día de nuestras bodas: reemplázala mientras tanto con ésta; es la que mi madre me dio cuando me fui para el colegio: por dentro del aro están tu nombre y el mío. A mí no me viene; a ti sí, ¿no?
—Bueno, pero ésta no te la devolveré nunca. Recuerdo que en los días de irte se te cayó en el arroyo del huerto: yo me descalcé para buscártela y como me mojé mucho, mamá se enojó.
Algo oscuro como la cabellera de María y veloz como el pensamien­to cruzó por delante de nuestros ojos. María dio un grito ahoga­do, y cubriéndose el rostro con las manos, exclamó horrorizada:
—¡El ave negra!
Temblorosa se asió de uno de mis brazos. Un escalofrío de pavor me recorrió el cuerpo. El zumbido metálico de las alas del ave ominosa no se oía ya. María estaba inmóvil. Mi madre, que salía del escritorio con una luz, se acercó alarmada por el grito que acababa de oírle a María: ésta estaba lívida.
—¿Qué es? —preguntó mi madre.
—Esa ave que vimos en el cuarto de Efraín.
La luz tembló en la mano de mi madre, quien dijo:
—Pero niña, ¿cómo te asustas así?
—Usted no sabe... Pero yo no tengo ya nada. Vámonos de aquí —añadió llamándome con la mirada, ya más serena. La campanilla del comedor sonó y nos dirigíamos allá cuando María se acercó a mi madre para decirle:
—No le vaya a contar mi susto a papá, porque se reirá de mí.
XLVIII
A las siete de la mañana siguiente ya había salido de casa el equipaje de mi padre, y él y yo tomábamos el café en traje de camino. Debía acompañarlo hasta cerca de la hacienda de los señores de M..., de los cuales iba a despedirme, lo mismo que de otros vecinos. La familia estaba toda en el corredor cuando acercaron los caballos para que montáramos. Emma y María salieron de mi cuarto en aquel momento, lo cual me llamó la atención. Mi padre, después de besar en una de las mejillas a mi madre, les besó la frente a María, a Emma y a cada uno de los niños hasta llegar a Juan, quien le recordó el encargo que le había hecho de un gala­paguito con pistoleras, para ensillar un potro guaucho, que era su diversión en aquellos días.
Detúvose de nuevo mi padre delante de María, antes de bajar la escalera, y le dijo en voz baja, poniéndole una mano sobre la cabeza y tratando inútilmente de conseguir que lo mirara.
—Es convenido que estarás muy guapa y muy juiciosa; ¿no es verdad, mi señora?
María le significó una respuesta afirmativa, y de sus ojos que velaba el pudor, intentaron deslizarse lágrimas que ella enjugó precipitadamente.
Me despedí hasta la tarde, y estando cerca de María mientras montaba mi padre, ella me dijo de modo que ninguno otro la oyera:
—Ni un minuto después de las cinco.
De la familia de don Jerónimo, solamente Carlos estaba en la hacienda; me recibió lleno de placer, y tratando de obtener de mí, desde el punto en que me abrazó, que pasara todo el día con él.
Visitamos el ingenio, costosamente montado, aunque con poco gusto y arte; recorrimos el huerto, hermosa obra de los antepasa­dos de la familia, y fuimos por último al pesebre, adornado con media docena de valiosos caballos.
Fumábamos de sobremesa, después del almuerzo, cuando Carlos me dijo:
—Por lo visto, me será imposible verte antes de que nos digamos adiós, con tu cara alegre de estudiante, con aquella que ponías para atormentarme al contarte algún capricho desesperador de Matilde. Pero al cabo, si estás triste porque te vas, eso signi­fica que estarías contento si te quedaras... ¡Diablo de viaje!
—No seas malagradecido —le respondí—; desde que yo regrese tendrás médico de balde.
—Cierto, hombre. ¿Crees que no lo había previsto? Estudia mucho para volver pronto. Si mientras tanto no me mata un tabardillo atrapado en estos llanos, es posible que me encuentres hidrópico. Estoy aburriéndome atrozmente. Todo el mundo quiso aquí que fuera a pasar la nochebuena en Buga; y para quedarme tuve que fingir que me había dislocado un tobillo, a riesgo de que tal conducta me despopularice entre la numerosa turba de mis primas. Al fin tendré que pretextar algún negocio en Bogotá, aunque sea a traer soches y ruanas como Emigdio... a traer cualquier cosa.
—¿Como una mujer? —le interrumpí.
—¡Toma! ¿Te imaginas que no he pensado en eso? ¡Mil veces! Todas las noches hago cien proyectos. Figúrate: tirado boca arriba en un catre desde las seis de la tarde, aguardando a que vengan los negros a rezar, a que me llamen después a tomar choco­late, y oyendo luego conchabar desenraíces, despajes y siembras de caña... A la madrugada de todos los días, el primer olor de bagazal que me llega a las narices deshace todos mis castillos.
—Pero leerás.
—¿Qué leo? ¿Con quién hablo de lo que lea? ¿Con ese cotudo de mayordomo que bosteza desde las cinco?
—Saco en limpio que necesitas urgentemente casarte; que has vuelto a pensar en Matilde y que proyectas traerla aquí.
—Al pie de la letra; eso ha sucedido así. Después que me con­vencí de que había cometido un dislate intentando casarme con tu prima (Dios y ella me lo perdonen), vino la tentación que dices. Pero, ¿sabes lo que suele sucederme? Después de costarme tanto trabajo como resolver uno de aquellos problemas de Barcho, imagi­narme bien que Matilde es ya mi mujer y que está en casa, suelto la carcajada al suponerme qué sería de la infeliz.
—Pero, ¿por qué?
—Hombre, Matilde es de Bogotá como la pila de San Carlos, como la estatua de Bolívar, como el portero Escamilla: tendría que echárseme a perder en la trasplanta. ¿Y qué podría yo hacer para evitarlo?
—Pues hacerte amar de ella siempre; proporcionarle todos los refinamientos y recreaciones posibles... en fin, tú eres rico, y ella te sería un estímulo para el trabajo. Además, estas llanu­ras, estos bosques, estos ríos, ¿son por ventura cosas que ella ha visto? ¿Son para verse y no amarse?
—Ya me vienes con poesías. ¿Y mi padre y sus campesinadas? ¿Y mis tías con sus humos y gazmoñerías? ¿Y esta soledad? ¿Y el calor?... ¿Y el demonio?...
—Aguárdate —le interrumpí riéndome—; no lo tomes tan a pechos.
—No hablemos más de eso. Apúrate mucho para que vuelvas pronto a curarme. Cuando regreses, te casarás con la señorita María, ¿no es así?
—Dios mediante...
—¿Quieres que yo sea tu padrino?
—De mil amores.
—Mil gracias. Es, pues, cosa convenida.
—Haz que traigan mi caballo —le dije después de un rato de silencio.
—¿Te vas ya?
—Lo siento; pero en casa me esperan temprano: ya ves que está muy próximo el viaje... y tengo que despedirme hoy de Emigdio y de mi compadre Custodio, que no están muy cerca.
—¿Te vas el treinta precisamente?
—Sí.
—Te quedan sólo quince días; no debo detenerte. Al fin te has reído de algo, aunque haya sido de mi tedio.
Ni Carlos ni yo pudimos ocultar el pesar que nos causaba aquella despedida.
Vadeaba el Amaimito a tiempo que oí se me llamaba, y divisé a mi compadre Custodio saliendo de un bosque inmediato. Cabalgaba en un potrón melado, de rienda todavía, sobre una silla de gran cabeza: llevaba camisa de listado azul, los calzones arremangados hasta la rodilla y el capisayo atravesado a lo largo sobre los muslos. Seguíale, montado en una yegua bebeca agobiada por los años y por cuatro racimos de plátanos, un muchacho idiota, el mismo que desempeñaba en la chagra funciones combinadas de por­quero, pajarero y hortelano.
—Dios me lo guarde, compadrito —me dijo el viejo cuando estuvo cerca—. Si no me empecino a gritarlo, se me escabulle.
—A su casa iba, compadre.
—No me lo diga. Y yo que por poco no salgo de estos montarro­nes, dándome forma de topar esa maneta indina que ya se volvió a horrar: pero en el trapiche me las ha de pagar todas juntas. Si no acierto a pasar por el llanito de la puerta y a ver los gua­las, hasta ahora estaría haraganeando en su busca. Me fui de jilo, y dicho y hecho: medio comido ya el muleto, y tan bizarrote que parecía de dos meses. Ni el cuero se pudo sacar, que con otro me había servido para hacer unos zamarros, que los que tengo están de la vista de los perros.
—No se le dé nada, compadre, que muletos le han de sobrar y años para verlos de recua. Vámonos, pues.
—Nada, señor —dijo mi compadre empezando a andar y precediéndo­me—; si es cansera; el tiempo está de lo pésimo. Hágase cargo: la miel a real; la rapadura, no se diga; la azucarita que sale blanca, a peso; los quesos, de balde; y los puercos tragándose todo el maíz de la cosecha, y como si se botara al río. Los balances de su comadre, aunque la pobre es un ringlete, no dan ni para velas; no hay cochada de jabón que pague lo que se gasta; y esos garosos de guardas, tras del sacatín que se las pelan... Qué le cuento: le compré al amo don Jerónimo el rastrojo aquel del gaudualito; pero ¡qué hombre tan tirano! ¡Cuatrocientos patacones y diez ternerotes de aparta me sacó!
—¿Y de dónde salieron los cuatrocientos? ¿Del jabón?
—¡Ah! Usté para temático, compadre. Si rompimos hasta la alcan­cía de Salomé para poder pagarle.
—¿Y Salomé sigue tan trabajadora como antes?
—Y si no, ¿dónde le diera el agua? Labra tiras de lomillo que es lo que hay que ver, y ayuda en todo: al fin hija de su mamá. Pero si le digo que esa muchacha me tiene zurumbático, no le miento.
—¿Salomé? Ella tan formalita, tan recatada...
—Ella, compadre; así tan pacatica como la ve.
—¿Qué sucede?
—Usté es caballero de veras y mi amigo, y se lo voy a contar, en vez de írselo a decir al señor cura de la Parroquia, que yo creo que de puro santo no tiene ni malicia y se le pasea el alma por el cuerpo. Pero aguárdese y paso yo primero este zanjón, porque para no embarrarse en él, se necesita baquía.
Y volviéndose al bobo, que venía durmiéndose entre los plátanos:
—Ve el camino, tembo, porque si se atolla la yegua, con gusto pierdo los guangos por dejarte ahí.
El cotudo rió estúpidamente y dio por respuesta algunos rezongo­nes inarticulados. Mi compadre continuó:
—¿Usté si conoce a Tiburcio, el mulatico que crió el difunto Murcia?
—¿No es el que se quería casar con Salomé?
—Allá llegaremos.
—No sé quién lo crió. Pero vaya si lo conozco: lo he visto en casa de usted y en la de José, y aun hemos cazado algunas veces juntos: es un guapo mozo.
—Ahí donde lo ve, no le faltan ocho buenas vacas, su punta de puercos, su estancita y dos buenas yeguas de silla. Porque ñor Murcia, aunque vivía renegando que daba miedo, era un buen hom­bre, y le dejó todo eso al muchacho. El es hijo de una mulata que le costó al viejo una rebotación de tiricia que por poco se lo lleva, pues a los cuatro meses de haber comprao la zamba en Quilichao, se le murió; y yo supe el cuento, porque entonces me gustaba jornalear algunas veces en la chagra de ñor Murcia.
—¿Y qué hay de Tiburcio?
—Allá voy. Pues señor, va para ocho meses que empecé a notar que al muchacho no le faltaban historias para venir a vernos; pero pronto le cogí la mácula, y conocí que lo que buscaba era ocasión de ver a Salomé. Un día se lo dije por lo claro a Candelaria, y ella me salió con la repos­tada de que tal vez me había caído nube en los ojos y que el cuento era rancio. Me puse en atisba un sábado en la tardecita, porque Tiburcio no faltaba los sábados a esa hora, y cate usté que vi a la muchacha salirle al encuentro apenas lo sintió, y no me quedó pizca de duda... Eso sí, nada vi que no fuera legítimo. Pasaron días, y Tiburcio no abría la boca para hablar de casa­miento; pero yo pensaba: cateando que estará a Salomé, y bien guanábano será si no se casa con ella, pues no es ninguna mecho­sa, y tan mujer de su casa no hay riesgo de que la halle. Cuando de golpe dejó de venir Tiburcio, sin que Candelaria pudiera sacarle a la muchacha el motivo; y como a mí me tiene Salomé el respeto que debe, menos pude averiguarle; y desde antes de noche­buena Tiburcio no se asoma allá. ¿Si será usté amigo del niño Justiniano, hermano de don Carlitos?
—No lo veo desde que éramos chicos.
—Pues quítele las patillas que ha echado don Carlos, y ahí lo tiene individual. Pero ojalá fuera como el hermano; es el mismo patas; pero bonito mozo, para qué es negarlo. Yo no sé ónde vio él a Salomé: tal vez sería agora que estuve empeñao sobre hacer el cambalache con su padre, porque el niño ese vino a herrar los terneros, y desde el mesmo día no me deja comer un plátano a gusto.
—Eso no está bueno.
—Yo, que se lo cuento con riesgo de que su comadre, si lo sabe, me diga un día, que esté lunática, que soy un garlero, sé lo que hago. Pero no hay mal que no tenga su cura: he estado dando y cavando hasta dar en el toque.
—A ver, compadre; pero dígame antes (y dispense si hay indis­creción en preguntárselo), ¿qué cara le hace Salomé a Justiniano?
—Déjeme, señor; si eso es lo que me tiene día y noche como si durmiera yo sobre pringamoza... Compadre, la muchacha está pica­da... Por no matarla... Y la pela que le doy si se me mete el mandinga... Lo quiere, niño; por eso le cuento a usté todo para que me saque con bien.
—¿Y en qué ha conocido usted que está enamorada Salomé?
—¡Válgame! No habré visto yo cómo le bailan los ojos cuando ve al blanquito y que toda ella se pone como azogada, si le pasa agua o candela, porque parece que él vive con sequía, y que fumar es lo único que tiene que hacer; pues por candela y agua arrima a casa arreo arreo; y no hace falta los domingos en la tarde en casa de la vieja Dominga ¿no la conoce?
—No.
—Pues estoy por decirle que es de las que usan polvos; y ya no hay quién le quite de la cabeza a Candelaria que esa murciélaga fue la que le ojeó el mico aquel tan sabido y que tanto lo diver­tía a usté; porque el animalito boqueó sobándose la barriga y dando quejidos como un cristiano.
—Algún alacrán que se habrá comido, compadre.
—¡Deónde! Si trabajo costaba para que probara comida fría: convénzase que la bruja le hizo maleficio; pero no era allá donde yo iba. Enanticos que fui a buscar la yegua me encontré a la vieja en el guayabal, que iba para casa, y como ando orejero, todo fue verla y me le aboqué por delante para decirle: “Vea, ña Dominga, de­vuélvase, porque allá tienen las gentes oficio en lugar de estar en conversas. Van dos viajes con éste que le he dicho que me choca verla en casa”. Toda ella se puso a temblar, y yo que la

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